Sentid,
sentid con tu cuerpo acechante
aquel viejo susurro que vuelve
envuelto en manta escarlatada.

Mirad aquel río del ayer manso,
como se encrespa en sus orillas
lamiendo apenas suceptible
sus abultados canales.

Mirad como se levantan
en flamantes pompones
las esquirlas que hieren
al dormido habitante.

Sentid que el frío comienza
en suave briza fingida,
para en bramido seco
convertir en aguas feroces
las aguas que ayer, sólo ayer,
estuvieron quietas y mansas.

Despertando insólitas, bramantes
desplazándose cínicamente,
esculpiendo la estatua simétrica
del cansado peregrino.

Sentid como el frío paraliza
en su indiferencia glacial,
ahogando las palabras
mudas de espanto,
de mil gargantas laceradas.

Petrificado en ese otear profundo

buscando incesante

en aquel segundo que muerde,
las razones de un viejo estigma
vagan solitarias
las mentes dormidas,
los ojos ciegos,
los hombres sometidos.

Sabed, el látigo nunca durmió,
viene bramando en su sumbido
portado por el cruel verdugo
arrastrado por la noche,
para hacer de la carne, miseria.

La bestia nunca murió,
siempre estuvo alli
como un grito maldito
suspendido en el aire,
agazapada, acechando,
la oportunidad del zarpazo.

La bestia no ha muerto,

vive todavía,

está allí oculta,
dormitando a escondidas
esperando…
Siempre esperando.

(Por Simón Reyes)

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