Galoparon las olas sombras amortajadas
volaban como enjambre de aves aturdidas,
desde las huellas perdidas del levante
el viento desvió sus ambiciones
arrastrando sus corazas en la arena.

Desde los intermitentes ruidos
de gaitas desafinadas
se escuchaban las voces de mando,
certeras, como flechas envenenadas.

Llegaban a tierras extrañas
los dioses imaginados,
desde la nada aparecían
cubiertos por armaduras oxidadas,
figuras, destruyendo lo creado.

Eran dioses de mentira
plebeyos del ingrato rey,
portadores del extermino
por mandato del supremo
todos, enanos de papel.

Nada nos trajeron
todo se lo llevaron
íconos y espejos
por vidas y metal reluciente,
muerte y saqueo, para alimentar
la avaricia del extranjero.

Nos engañaron con azotes
nacidos desde la cruz,
donde desnudo lucía
el látigo, el Cristo inquisidor,
que mordió las carnes del indio
por orden del Emperador.

Dejaron la tierra generosa
donde el metal precioso era testigo
de la inocencia del nativo,
convertida en cascarón
de helechos podridos
y estiércol envenenado,

El resto, todo, se  lo llevaron.

 (Por Simón Reyes)

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