Si tú supieras
lo que es la muerte,
esa que acecha
en cada recodo
del camino,
agazapada, vinagre.

No serias tan orgullosa
no vivirías tan lejos
de quienes huelen
a pobreza,

De aquellos
que viven con ella
como si sombra
inevitable fuera.

A la muerte
no se le teme
ni se le desprecia,
a esta inquilina,
se le respeta.

Viene cada día
renqueando por la tarde
verdugo de la noche,
con el primer suspiro
llegada la alborada.

La muerte habita
en cada rostro de niño,
tiene aspecto de hambre
disfrazada de guerra,
apestando a violencia.

Es la amiga fiel
del condenado,
siempre a nuestro lado
al final rendidos caímos
adorando su gutural coloquio.

Acecha a los amantes
roba besos de despedida
se ríe de la inocencia,
se burla del ostentoso.

Estuvo en mi hogar
se asomó a tu alcázar,
voló de amanecida
escondiendo
en su capa disimuladamente
el rostro de los marginados.

Pasó rauda por los salones
donde los señores indiferentes
bebian la cuota del sudor ajeno,
se detuvo un instante
por orden del tirano
en los campos de Sevilla.

Se arrastró un día traicioneramente,
portando consigo en sus alas negras
a los cuatro farsantes investidos,
El Padre, El Hijo y el Espíritu Santo,
traidores que un día de Septiembre
blandieron su guadaña enceguecida.

Estuvo en Isla Negra
en las horas aciágas

llevándose a Pablo
se llevó consigo a Víctor,
fundó ciudades de mujeres
bailando sin comparsas ni maridos.

Se paseaba la muerte
como rondín por su habitáculo
día y noche, año tras año,
por enfermizo encargo
de otro siniestro tirano.

Así es ella,
golpea a capricho
volviendo a su vuelo,
como si la vida
fuera solamente
un constante…
aletear.

(Por Simón Reyes)

Anuncios