(Oda al Continente abandonado)

 América
América entera eres desprovista
siempre del latente caparazón,
te llenas en tu tierra zaherida
con feas llagas y enormes cicatrices.

Cubres los peldaños de tu geografía
en algunas latitudes
con el canto del ruiseñor,
en otras,
con la última etapa del matador.

Donde se juntan
aguas servidas y cloacas
con océano sincero y rezongón,
donde amanece
con fieros olores a quemazón

 América
América entera
eres desaliñada en tu ropaje
esposando a tu lado
toda la zozobra del último muñón

Conviertes en jirón humano
todo intento de valor,
navegas las rústicas redes pescadoras
para llevar el hambre,
menú diario,
a la humilde mesa del pescador

Allá en tu último escalar
donde se juntan grito y noche,
nace la espada fecunda,
entre ríos de fríos glaciales,
volcanes de hielo acerado.

El campesino

en su fértil semilla

traicionado,
violada la tierra,
en su mazorca ensangrentada
la flor
la viña
la vida.

 América
asaltan a los ojos del vagabundo
tus mortíferas dentadas cometodo,
tú eres América entera
de tu noche sucia,
olor a perro lobo
y acequias sanguíneas.

Corriendo por tu vientre harapiento
encuentro tus inmensas campiñas
blanqueadas de ovejas torrenciales
pero desérticas de razón.

Alzada en tu color cobre escarlata
millonario botín del vencedor,
o tu caña ardiente azucarera,
o tu negro talismán subterráneo
dormida y vencida esta américa.

Allí estás tú América
carcomida a pedazos,
recorro tu cuerpo
otrora celeste.

¿ Y qué encuentro América ?

América de la alta piedra
al Urubamba llegada,
de tu profundo escalar sagrado
de tu metal derramado,
a los hijos verdes de Viracocha.

Juan de los pies descalzos
sigue allí,
aún sigue allí,
es el hijo bastardo en la lucha.

Te recorro con mi cuerpo
manchado de estirpe
de estirpe somnolienta y brutal,
allí está la hermana de siempre
aquella de barba roja
y cabeza ensangrentada.

La estatua simétrica
del granito a la greda.

América
todo continua igual
no te sueltan las tenazas
que aprisionaron tu destino,

Hunde tu cabeza,
riega tu cuerpo,
en tus antagónicos mares,
y sal de nuevo.

Sal hermosa, sal entera,
diáfana y orgullosa,
lava tu vientre sanguíneo
y repártete piedra a piedra,
gota a gota,
flor a flor.

Reparte América
tus  corroídos estambres
entre las nebulosas manos
para que vuelvas a nacer.

América, América
tú eres pertenencia absoluta,
entre los palmos de manos sucias,
pon candelabros, pon tierra sana.

Eres América depositaria
de los anhelos más caros,
eres depositaria de la realidad
más profunda,
eres el inicio del nuevo entorno

 América
sal y agua,
desparramaste tu liquido
por las altas cumbres vírgenes,
también por la planicie
perforada de tulipanes dorados

Caíste América
como el vuelo heróico del Albatros,
cuando en tu seno de tierra dormida
depositaste musarañas lívidas
en tu regazo.

En tu intestino América
eres altanera y orgullosa,
pero sumisa con el viajero
y te dejas mansamente penetrar
cuando introduce su carroña
en tu vientre.

América abre tus manos
desarrolla en tus pueblos el amor,
reclama lo usurpado
con el engaño del conquistador.

Sincroniza entre los hombres
el verdadero valor,
allí estás tú América
en tu último escalar geométrico
escondiendo al Pacífico
la impotencia de tu raíz cuadrada.

Allí estás tú, América,
en la hipotenusa de tu inconciencia,
dormida por mil años,
partiendo tu esquema a pedazos.

Por eso quiero
sentir el grito de América
partirse en mis venas,
cuando tanta injusticia sea reparada,
cuando venga la voz limpia y no saturada
de tantas promesas incumplidas.

Voy a sentir el grito de América,
si, profundo en claveles y rosas,
en la paz absoluta de la inocencia,
en los cambios lejanos de otras tierras.

Quiero ver con mis ojos ese amanecer,
quiero ver esta tierra injusta temblar,
quiero contigo en lágrimas estallar,
y frente a tí, volver a nacer.

 América, América
te llevo en mi sangre
porque viniste a mi
con el primer respiro,
Al sentir en tu leche
de mártir primero,
la amplitud de tu geografía
con la que acuñaste mi niñez.

Porque desdeñaste tus misterios
a mis pasos de caminante incierto
y de camino vacilante.

Porque me enseñaste a descubrir
tus incógnitas milenarias,
enfrentándome a los azules látigos
de tu encrespada cordillera,
dándome el sabido responso
para volver a mi lucha.

América
te tengo en mi
como el primer beso,
como la primera piedra,
como el primer puñal,
como la primera odisea
de ser… Tu hijo americano

(Por Simón Reyes)