Se escuchó triste 
el canto profético
de la hojas
en el fluir matutino. 

Me dio la mano,
y con calma partimos. 

La sombra espesa 
encauzada en la niebla
que surca las palmas
de una Alameda.

El gorgoteo lento
de un ave…
que no conozco.

La emoción sin fin 
que espera densa
tras la última
mampara de cristales rotos.

La sombra sin vientre, 
la risa partida en tus senos,
el aíre herido por aquel grito,
el sudor lampiño de tu respiro,
marcaron la historia
y nuestro destino.

(Por Simón Reyes)